Glosario
Psicología de la vida
cotidiana
¿A qué llamamos relaciones simbióticas?
(Parte V)
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Imagen de Enrique lopez Garre-Pixabay |
La simbiosis y la madre “sobre-protectora”
La
madre “sobre-protectora” no es otra que aquella que ha figurado emprender un
duelo y aceptar la independencia de su hija/o pero que, paralelamente,
desarrolla un miedo compulsivo a ver a su hijo/a enfermo, agredido, etc. Así,
se autoconvence de una realidad hostil frente a la cual su hijo quedaría
desamparado, por lo tanto, cederle espacio para su desarrollo –en su mente-
aparece tanto como desampararlo.
Es
entendible cual es el proceso psicológico interno.
La
madre se niega a hacer ese nuevo duelo tan costoso afectivamente por lo que
traslada la inermidad biológica evidente y lógica en un bebé proyectándola a un
entorno, lo que le permite no abandonar su posición paranoide (ser todo para
alguien y por tanto, omnisciente y omnipresente); pues, antes el bebé era
inerme por falta de maduración y desarrollo, ahora, el bebé queda desamparado
pues, la realidad es hostil y no sabría cómo lidiar con ella.
Digamos
también que esta actitud de “sobreprotección” posee un contexto favorable, de
hecho, la realidad suele ser hostil incluso para los adultos en determinadas
circunstancias y además que el bebé a pesar de ir desarrollando un dominio de
su propio cuerpo y un desarrollo de un yo, dominio y desarrollo no son –en esta
primera instancia- más que una prefiguración del dominio y el desarrollo
necesario para valerse en la vida por sus propios medios.
Además, es evidente
de que la maduración en el ser humano es un proceso lento y complejo que
requiere sí o sí de una asistencia constante para llegar a buen término. Así,
no objetamos en este punto que la madre “sobreproteja” al niño sino que sienta
una pérdida cada vez que el niño se esfuerza en dar sus primeros pasos, esto
es, que sienta que una parte de sí la abandona. Dicho de otra manera, lo
objetable no es la protección sino la sobre-protección, esto es, la conducta
compulsiva que impide a la madre la función de acompañamiento de su crío en el
proceso de maduración sin intervenir más que como testigo y asistente.
Es
decir, la sobre-protección, o la protección compulsiva de origen simbiótico, no
implica el comprensible interés por velar por el niño sino el rechazo a abandonar una posición de poder y dominio sobre el mismo
al amparo de los miedos propios proyectados a la realidad como manera de
sostener la posición de todo poder.
Dicho
de otra manera, la perdida que implica el desarrollo del niño orientado hacia
otros intereses más allá de la madre, no es solo el abandono del niño (que
jamás es tal) sino la pérdida de la posición de poderío y goce en el poderío
propio de un modo de vínculo en el que uno de los partenaire depende
exclusivamente del otro.
Habría
que señalar aquí que es por esto que resulta fundamental un cierto grado de
maduración de la mujer en proceso de ser madre y de la crianza compartida con
otro partenaire que le permita superar ese duelo de forma más sencilla por un
lado y que sea otra vía de interés para el niño ni bien comienza a
independizarse de la madre.
Se
podrá decir ¿qué hay de las “madres solteras” o que no poseen un partenaire de
crianza para con su bebé?
En
este caso, no se trata tanto de “hacer de padre y madre” (quehacer más ideal
que posible) sino de tener el grado de maduración suficiente para efectuar ese
duelo, ese segundo parto del que hablamos. Por decirlo de otra manera el
trabajo de la madre respecto de su crío posee dos instancias: la mujer-madre,
luego de parto, debe aprender a dejar partir al niño hacia su evolución,
mediante el abandono de su posición paranoide de todo poder y la sustitución de
esta por una observación más moderada en función de acompañamiento.
Pero,
¿qué es esta posición paranoide del todo-poder? ¿Cómo nace?
Recapitulemos:
Es una posición paranoide pues, en el
curso del parto, paulatinamente aunque circunstancialmente, los intereses de la
mujer-madre suelen debilitarse o desasirse momentáneamente del mundo exterior y
de las otras personas para ser reorientados a la persona del bebé y a la
función de vigilancia y protección.
Es una posición de “todo-poder” puesto
que se da en un modo de vínculo en el que uno de los partenaires está
completamente supeditado al arbitrio del otro.
Así
en este tipo de vínculo prototípico encontramos gran parte de los rasgos
fundamentales de toda relación simbiótica posterior, al punto de que podemos
aventurar que tal relación simbiótica primera sirve de antecedente facilitador
de toda relación simbiótica posterior. La persona que ha vivido en una relación
simbiótica “desde la cuna” es más probable que desarrolle una alta probabilidad
de establecer relaciones simbióticas o de aceptar como algo “natural” que se le
imponga una relación simbiótica. Pero también, es de entender que la persona
que no vivió una relación simbiótica en su vínculo primero sea grandemente
refractaria a este modo de vínculo tan desfavorable.
Cabe
la posibilidad, sin embargo, de que una persona sea inducida a un modo de
vínculo simbiótico por imposición, a través de un trabajo sostenido de
psicopatía y desestimación por parte del partenaire, orientado a estimular o
despertar el sentimiento de inermidad de la primera infancia que la conduzca a
reclamar una persona “todo poderosa” que la proteja y auxilie.
Por
último, aprovechemos a puntualizar aquí un fenómeno social conocido como “el
corrimiento a la derecha” de una sociedad. Cuando un pueblo o un sector social
es decidida y activamente manipulado puede caer en una inermidad que lo
conduzca a sobreexcitar y despertar el sentir de inermidad de la primera
infancia y por lo tanto, reclamar a algún otro todopoderoso, capaz de
protegerles a cualquier costo…
Daniel Adrián Leone
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